lunes, 4 de enero de 2016

Los chinos no venden belenes

Serían eso de las ocho de la tarde cuando salí de la Academia hacia el “Todo a cien” de la avenida principal de Santiago de la Ribera. Mi objetivo: comprar unos cuantos adornos navideños para la escuadrilla de mi curso y, si había suerte, un Belén digno que pudiésemos poner en un sitio bien visible. En apenas 5 minutos, llegué a la pequeña tienda y me puse manos a la obra con la búsqueda.

Los primeros estantes que recorrí ofrecían al cliente una amplia variedad de adornos para el árbol de Navidad, tales como bolas, renos, campanas, regalitos y arbolillos en todo tipo de colores brillantes, sobresaliendo los rojos, verdes, dorados y plateados. Mis ojos intentaban encontrar algún angelito o gran estrella, pero no hubo éxito. Elegí unas pocas tiras de espumillón verde y rojo, junto con una caja de pequeños adornos para poner al pequeño abeto de plástico que teníamos en nuestro edificio. Me sorprendió ver un cartelito rojo que clamaba Feliz Navidad con cierta gracia, así que decidí incluirlo en la lista de la compra.

Una vez cargados todos estos detalles, pasé a la segunda fase: el Belén. Tras recorrer por segunda vez todos y cada uno de los pasillos del establecimiento tuve que darme por vencido, asumiendo que en aquel chino no iba a poder comprar el tan deseado Belén. La única figura humana que podía comprar allí era Papá Noel en todas sus modalidades, ya subiendo una escalera, ya subido en su trineo, ya sonriendo con los brazos abiertos. Menudo éxito.

No obstante, recordé que había traído de Madrid un modesto Belén, de una sola pieza, y el cual tenía puesto en el piso. Decidí entonces comprar todo lo que pudiese darle al tal Belén un poco de calor y el ambiente que los pastores, Magos de Oriente y otros personajes habrían aportado de no haber sido por la mentalidad oriental tan comercial para lo que les interesa. Con este fin, me llevé, además de todo lo anterior, un tapete verde, una flor de Pascua y unas tiras de espumillón verde y amarillo.

Cuando llegué de vuelta a la escuadrilla con semejante cargamento, me paré unos segundos a elegir el mejor sitio para prepararlo. Una opción era tras la mesa del cuartel, pero allí quedaría poco visible. Otra opción era ubicarlo junto a las máquinas expendedoras, mas no había mucho espacio en ese sitio. Al final decidí traer una mesa de estudio de la nave y plantarla junto a los sofás del hall, de manera que, tanto al entrar y al salir de la nave, como al subir o bajar a las escaleras, la vista de todo el mundo se posase por unos momentos en el motivo central de las ansiadas vacaciones. Dicho y hecho, coloqué la mesa y faltó tiempo para que algunos compañeros me ofreciesen su ayuda. Unos se pusieron manos a la obra con el árbol, otros decoraron la escalera y yo me quedé con otro para colocar el Belén. A todo esto, me preguntó uno si podía traer adornos de su casa que le habían sobrado, a lo que le respondí que cualquier ayuda era bienvenida. Parecía ya todo terminado, cuando otro se acercó para poner a los pies del portal el parche de la promoción, poniendo de ese modo nuestro símbolo ante él.

Ahora sí estaba ya todo listo. Aquella noche, al hablar con mi familia, les conté con gran ilusión cómo habíamos decorado todo y lo bonito que había quedado ahora nuestro edificio. Lo que no habría esperado ni mucho menos era que al ir a desayunar a la mañana siguiente más de uno agradeciese que en nuestro edificio se respirase ambiente navideño, llegando uno de ellos incluso a abrazarme con verdadera ilusión, como la que teníamos cuando eramos niños pequeños. La gente bajó aquella mañana con una sonrisa para ir a clase. A las 7:40, como cada día, salimos hacia los pabellones, cantando, eso sí, “Campanas de Belén” a pleno pulmón. La guinda del pastel fue el comentario de nuestros capitanes de curso al comentar aquella mañana: “Ya era hora de que se hiciera algo. ¡Así da gusto!” 

Y aquí termina mi relato de Navidad, pues esto significa realmente Navidad. No son líneas llenas de críticas a los excesos, al egoísmo o la falta de “espíritu de Navidad”. No son nada de esto. Antes bien, son una simple admiración ante el deseo que todos tenemos de experimentar la alegría, de sentir dentro  una pequeña chispa de ilusión. Si cada 6 de enero nos alegramos a desenvolver nuestros regalos, no es por otro motivo sino porque estos presentes son la señal de que alguien nos quiere. Navidad es la fiesta a la que todos estamos invitados a participar, donde cada uno aportamos lo que podemos para que los demás disfruten al juntarnos en Nochebuena, al comer juntos en Navidad, al devorar las uvas en Nochevieja, a empezar con ganas Año Nuevo, a acompañar a los Reyes en las cabalgatas, a abrir los regalos el día 6 y a tantos otros momentos especiales de estas fechas. Por eso, aunque los chinos no vendan Belenes, el día 25 nace la alegría

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