jueves, 5 de marzo de 2015

La vida es sueño #5

Seguimos con otra sección nueva en aloslunesbuenacara.blogspot.com Esta vez de la mano de: El Guerrillero, se presenta así:

Ya en los tiempos de Viriato existían guerrilleros, con valor y más coraje que el caballo de Espartero. Pues España ha sido, es y será cuna de hombres honrados, cuya vida entregaron hasta la última gota en el noble ideal de defender a España. Soy uno más de esos valientes que, dejando mi casa y sus comodidades a los 17 años, he emprendido esa gran hazaña. “Porque, la milicia, no es más que una religión de hombres honrados.”

Cuando entramos aquí, todos vemos lo idealizado del Ejército. Y este aroma es el que guía a muchos hasta la puerta de la Academia. Dar el paso adelante, decisión personal, es uno de los grandes momentos de madurez que esta vida nos enseña. Tú cargas con las consecuencias de tu elección, te haces responsable.

No por contaros yo todo esto quiere decir que fuesen para mí 4 semanas de vacaciones, ni mucho menos. En mi caso, la dificultad para continuar adelante surgió al empezar a pensar que abandonaba mi familia, mis amistades y mis personas queridas para siempre. Como consecuencia, a lo largo de las dos primeras semanas apenas mantenía el contacto, dentro de lo posible, con ellos. Por si fuera poco, tuve la suerte de ver a mis padres a mitad del campamento, pues me autorizaron a salir del Acuartelamiento y precisamente ellos iban a pasar el fin de semana en Murcia. A pesar de lo bien que estuve con ellos, tampoco me devolvió todo lo que yo había dejado atrás. Me mentalizaba con la imagen del militar de las películas. Ya nadie se acordaría de mí allí de donde yo procedía. Y lo que es peor, fue como si hubiese borrado de mi mente a mis amigos, familias y todo lo que con ellos había vivido a lo largo de mi vida. Es el mayor error que he podido cometer nunca.

Fue así como ni el primero, ni el segundo, ni el tercero, ni el cuarto día del campamento hablé con mis padres por teléfono. Si bien es cierto que nuestro tiempo libre era escaso, entre aprendernos Reales Ordenanzas, artículos de la Constitución y canciones, además de coser los parches en nuestro “mimeta”, tampoco hice yo el esfuerzo de mantener el contacto. Esto me hizo mucho daño. Llegó a tal punto mi distanciamiento que, conforme transcurrían los días, se fortalecía en mi cabeza la idea de haber perdido mi identidad, de que el campamento me había lavado el cerebro y me había hecho olvidar quien era. Duramente recordaba qué había hecho el año anterior, pese a la cantidad de buenísimos momentos que había disfrutado.

Aunque pueda sonar ridículo, cuando, al concluir el campamento, el director de la Academia tuvo a bien darnos el permiso de fin de semana, y tuve la oportunidad de pasar ese finde con mi familia y amigos en Madrid, me sentía fuera de mi casa. El simple hecho de ver a mis padres y hermanos alrededor me chocaba profundamente, pues aún vivían en mi cabeza las caras y voces de los alféreces y compañeros con los que había convivido durante un mes. Creía que mi hogar era el lugar equivocado.

¿Cómo es, entonces, que “recuperé” mi identidad? Será bonito recordarlo.

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