domingo, 15 de febrero de 2015

Mi remolque, mi motor

Otro bús perdido. Esa sensación para mí era lo peor, estar a punto de llegar y ver como se esfuma mientras corres desesperado tras él. Otro bus perdido, otra vez tarde a clase… ¿Cuantos buses más pasarían? Dicen que la vida da segundas oportunidades, pero también que es injusta.

Tras cinco eternos minutos llegó el siguiente bus, entre el vaho de una fea mañana de invierno. Saqué los cascos del bolsillo de la chaqueta. Busqué el móvil, no estaba. Realmente mi mañana comenzaba de una manera preciosa. Me senté atrás, junto a la ventana. Eché el aliento a la ventana y apoyé la cabeza. Aún se notaba en mi aliento la resaca del sábado, ciertamente no estaba para nadie esa mañana. Todo se torció desde que iba con los que decían ser mis amigos. Llegó la parada, toqué y al irme a bajar pisé un charco justo antes del bordillo y caí. Rápidamente, un señor anciano me ayudó a levantarme. Di las gracias y seguí hacia el colegio mientras secaba la chaqueta. La puerta estaba cerrada, esperé fuera, el de biología no abriría y entrar empeoraría la situación. Me senté en el suelo apoyado en la pared. Comencé a pensar y me dije: ¿Qué se supone que hago con mi vida? Me di cuenta que realmente esa mañana resumía completísimamente mi vida. Perdía el bus, caía mientras otros me volvían a levantar pero aún así llegaba tarde y esa puerta estaba cerrada. ¿Quién me levantaba? Acabó biología y también el día. Esa pregunta no me dejaba en paz hasta que realmente finalizado el día me la formulé en un papel. Se me daba mejor escribir a eso de hablar.

He ahí la clave de mi problema. Tenía que dejarme de preocuparme por los amigos que, cuando caías seguían sin ti para no mancharse con tus problemas y centrarse en los que vendrían hasta primera línea de guerra. Como mi familia. Mi remolque. Hacía ya tiempo no solo era que me levantasen tras las seguidas caídas, sino que me empujaban mientras ponía resistencia. El motor de ese empuje era mi padre. Pero no puedo quitarle méritos a los frenos, los cambios…etc Pero mi padre era la clave, si no estaba, difícil sería ayudarme. Trabajaba como el que más, pero cuando estabas con él se paraba todo. Lo que más me gustaba eran esos viajes de cinco-seis horas que nos marcábamos escuchando a Springsteen, realmente era difícil de comprender, pero la música era un gran vínculo entre nosotros. Él me hizo ver la vida de otra manera. Días después del viaje comencé otro. Este cambiaba de camino de manera brusca. Bastaba ya de tener que ser las lágrimas. Era hora de ser el pañuelo.

Amaba esos viajes, eran una liberación del ruido a la paz. Para mí era como una huída de mis problemas. Sinceramente, un desahogo. Él, siempre tan divertido, era la persona que más ha disfrutado la vida que conozca. Lo cuento en pasado porque mi padre murió. El motor no pudo aguantar tantas revoluciones y simplemente se paró el corazón. ¿Y ahora qué? Me dije. Al fin, la vida me dio esa segunda oportunidad pero también me enseñó su lado injusto. Gracias a él, me pude refugiar en mi nuevo motor: Mi madre, mis hermanos y amigos.

¿En cuanto a ese bus? Lo alcancé. Me senté en el mismo sitio e hice el amago de coger los cascos. Guardé la mano y me dije: Voto por pensar antes que ignorar los problemas dando al “play”. Finalmente, esa puerta estaba abierta y lo que era más importante, caía con menos frecuencia; esto me ayudó a sacar a más gente de ese charco, tocaba ser remolque.

Gracias motor. Gracias, papá.

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