jueves, 19 de febrero de 2015

La vida es sueño #3

Seguimos con otra sección nueva en aloslunesbuenacara.com Esta vez de la mano de: El Guerrillero, se presenta así:

Ya en los tiempos de Viriato existían guerrilleros, con valor y más coraje que el caballo de Espartero. Pues España ha sido, es y será cuna de hombres honrados, cuya vida entregaron hasta la última gota en el noble ideal de defender a España. Soy uno más de esos valientes que, dejando mi casa y sus comodidades a los 17 años, he emprendido esa gran hazaña. “Porque, la milicia, no es más que una religión de hombres honrados.”

Fue la primera semana una de las más largas de mi vida. La primera dificultad que se nos presentó fue adaptarnos a la nueva rutina. Esto es común a cualquier cambio en la vida, bien de trabajo, bien de lugar de residencia, de situación familiar,… Por primera vez en nuestra vida, nos arreglábamos (afeitado inclusive!!) en menos de 15 minutos. Mucha instrucción y deporte, nos venía bien coger algo de forma. Al mismo tiempo, íbamos recibiendo conferencias tanto sobre el Ejército, su estructura y funcionamiento como de la Academia y sus normas.

Este primer aprendizaje elemental iba, paralelamente, acompañado de la labor de forja que antes describí. A lo largo de los días, veíamos acciones que no comprendíamos, pero que poco a poco iban transformándonos por dentro. Hay algunas de ellas que jamás podré olvidar y quiero dejarlas ahora escritas.

La primera de ella fueron las flexiones grupales. Dos de nosotros habían llegado tarde a la formación de comida. Como consecuencia, debíamos todos al alférez 20 flexiones. Sí, así es. Dos se equivocaron. Todos pagamos. Somos uno solo, una promoción unida. Puede salir mal la misión, confundirnos de objetivo u errar de otra forma, pero lo más importante será siempre el grupo, salir todos adelante. El hecho mencionado se iría repitiendo a lo largo del campamento y, tuvo tal efecto en nosotros, que acabaríamos poniéndonos a hacer flexiones al lado de cualquiera que estuviese cumpliendo su “penitencia” particular ante un alférez.

Otro de los métodos para afianzar tal compañerismo eran los centenares de copias que nos pedían cuando alguien se equivocaba en algo gordo. La primera vez que se produjo esto no podíamos dar crédito a las palabras del instructor. Habíamos formado para retreta (justo antes de dormir) cuando se pasaron los alféreces y empezaron a preguntarnos sus nombres completos. El primer interrogado no los sabía, por lo que para la formación del desayuno debía entregar 500 copias del nombre del alférez en cuestión. ¿¿Cómo iba a encontrar la forma de hacerlo?? Una vez rotas las filas, mientras nos dirigíamos a nuestra escuadrilla, propuso uno: “Hagamos cada uno 10 copias. Somos 50 en la promoción, así que será un momento.” Dicho y hecho, antes de irnos a la cama le dimos cada uno 10 copias del nombre. A la mañana siguiente, se le acercaron a pedirle las copias. Al recogerlas el alférez, pasó las hojas una tras otra. Pensábamos todos que estaba contando el número de copias, pero más tarde descubriríamos que estaba comprobando que el amonestado no hubiese hecho las 500 de su propio puño y letra… Desde ese momento, se hizo frecuente entre nosotros la frase “¿Qué hay que copiar?” cuando veíamos a algún compañero atareado con su libreta y bolígrafo.

La última anécdota sonará a película americana, pero fue totalmente cierta. Salimos del comedor tras haber terminado de cenar cuando, de repente, el capitán se dirigió a nosotros con las siguientes palabras: “Tenéis aquí delante a cuatro de vuestros compañeros. Han creído que eran mejor el resto y por eso se han permitido el lujo de repetir de postre antes incluso de que se sirvieran vuestros alféreces y yo. De modo que, para que aprendan a pensar en el resto, vamos a dar unas vueltecitas al comedor a paso ligero.” Eso significaba que, mientras nosotros corríamos en torno al edificio, ellos cuatro se quedarían de pie viéndonos pasar. En estos casos, me cuesta decir quien lo pasa peor, si ellos mirando o nosotros corriendo. Lo que les quedó claro fue que nunca volverán a repetir de postre sin esperar a todo el mundo.


Al mismo tiempo, durante estas semanas íbamos recibiendo la formación militar que nos faltaba. Se nos exigía paulatinamente puntualidad, precisión, perfecto estado de revista permanente, firmeza, respeto, orden y disciplina. Si esto no lo aprendíamos ahora, ¿cuándo lo haríamos?

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