jueves, 12 de febrero de 2015

La vida es sueño #2

Seguimos otra sección nueva en aloslunesbuenacara.com Esta vez de la mano de: El Guerrillero, se presenta así:
Ya en los tiempos de Viriato existían guerrilleros, con valor y más coraje que el caballo de Espartero. Pues España ha sido, es y será cuna de hombres honrados, cuya vida entregaron hasta la última gota en el noble ideal de defender a España. Soy uno más de esos valientes que, dejando mi casa y sus comodidades a los 17 años, he emprendido esa gran hazaña. “Porque, la milicia, no es más que una religión de hombres honrados.”

Prosiguieron la tarde y mañana siguientes con gran cantidad de cosas que hacer: desde el famoso rapado en la peluquería hasta el paso por sastre para tallar nuestros uniformes, pasando por la recogida de material de campaña, ropa y equipamiento para el campamento, el aprendizaje de los movimientos a pie firme y en formación , junto con un sinfín de historias más. Pese al inmenso cansancio que cargaba mi cuerpo, tampoco esta noche pude pegar ojo, pues ya habían comenzado a sentir las primeras dosis de tensión, tensión que no me abandonaría en muchos días.

Salimos el martes 2 rumbo al campamento. Mis expectativas para el campamento eran de un conjunto de tiendas más bien pequeñas, montadas en una zona descampada, en las que dedicaríamos mañana y tarde a conocer la labor de campo del militar: tiro, topografía, camuflaje,…; tareas todas ellas en los que ya sabría un montón, lo pasaríamos fenomenal y nos harían los militares del mañana. Jamás pensé que podría llegar a equivocarme tanto. Y ahora os contaré por qué.

Este conocido “campamento” viene no sólo a poner a prueba a nuestra resistencia sino a forjar un espíritu. La forja, tarea del herrero, consiste en martillear el hierro candente hasta configurarle la forma deseada. Pues bien, extrapolando el mecanismo de este trabajo, los instructores llevarían a cabo durante cuatro semanas nuestra forja. Obviamente, más perfecto es el resultado cuanto más tiempo recibe el hierro los golpes. En un mes no estaríamos a la altura de nuestros compañeros con más de veinte años de servicio, pero tendríamos la misma base de la que ellos partieron.

Nosotros, “lo mejor de la juventud española” en palabras de nuestro Ilmo. Sr. Coronel, éramos buen acero que exigía, en primer lugar, alcanzar su temperatura de fusión, calentado al extremo para ser purificado y, a continuación, ser golpeado con fuerza, solidificando el espíritu militar, espíritu de compañerismo y espíritu de abnegación.

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