sábado, 29 de noviembre de 2014

Guerra de honor


1937. Guerra civil. Todo se reducía al odio y la violencia. Dos bandos pugnaban a muerte por el poder de un país sin rumbo, desolado. La guerra te quitaba todo. A mí me quitó a mi madre, a mis hermanos y lo que es más importante me quitó las ganas de vivir. No tenía piedad. En definitiva la guerra me quitó la esperanza, esa que nunca se debería acabar. Mi padre siempre me acompañaba, a él la guerra también le quitó todo. Y ahí estábamos, detrás de una trinchera a unos escasos segundos de dejar este mundo. Mi padre me dio una colleja y me dijo:

- Hijo, escúchame atentamente. En menos de 30 segundos vamos a darlo todo. Vamos a matar esos “hijos de puta” que nos arrebataron todo, dijo casi gritándome a pocos centímetros de mi oreja. Antes de cada tiro recuerda a tu madre. Recuerda las caricias que te daba. Solo ella las daba así. Recuerda también como cuidabas de Nachete. Esos cabrones nos los arrebataron, gritaba mientras corría una solitaria y ácida lágrima por su mejilla.

- Es obvio que les tendré presentes padre, afirmé. Pero ¿Eso qué va a cambiar? ¿Te va a dar a caso otra mujer que te dé esas caricias o te dará otro hijo como Nachete? Papá esos que están en frente que sí, mataron a mamá y a Nachete, y esa herida jamás dejará de sangrar dentro de mí. Pero ¡qué coño!, esas personas también tienen una mujer o una madre y te aseguro que también tendrán un Nachete, dije también entre lágrimas. Yo paso de esto dije mientras me quitaba el rifle de la espalda.

-¿Qué dices hijo? ¡No puedes irte!, me gritó.

-¿Me lo vas a impedir? Dije desafiándole.

- Hijo, estamos aquí para luchar por nuestra España. Esa España que estará unida de la mano de Franco, dijo mientras señalaba la bandera.

- ¡La única España que yo quiero es aquella en la que no haya compatriotas míos pegándose tiros! ¿Tan difícil es comprenderlo?

- Cállate ya coño y deja de decir tonterías y ponte a luchar por tus ideas y por tu España, dijo mientras me tiraba al suelo.

- Está claro que no entiendes nada. Te quiero, pero me voy, yo no voy a luchar ni lucharé contra un compatriota mío, y eso sí que es una idea mía. Espero verte pronto.

Me fui corriendo, como aquellos soldados que sentían miedo y retrocedían. Podían llamarme lo que quisieran pero, en mi interior, sabía que no era miedo. Era una cuestión de principios, una cuestión de coherencia conmigo mismo.

Corría rápido, pero la escena realmente era a cámara lenta. El barro salpicaba, la lluvia empapaba… Cada vez, veía más cerca las montañas, mi salvación, mi pasión. Entonces escuché una voz detrás de mí:

-Hijo, ¡Espérame! No quiero vivir esto, gritaba desconsolado.

- ¿Papá? Dije sorprendido mientras corría hacia él.

De repente, vi apuntarnos fijamente a un hombre tras una trinchera. Bajo, pelo negro, con cara furiosa. En ese instante, grité un “no” desgarrado, profundo y eterno. Se paró el tiempo. Había llegado con mi padre. Y cayó encima de mí. Levantó la cabeza y dijo:

- ¡Vamos a qué esperamos! Dijo impaciente.

Vi que aquella típica escena de guerra no se había cumplido, mi padre estaba bien. Nadie nos apuntaba, nadie disparaba. Volví a mirar al hombre bajo, de pelo negro con una cara, ahora, de honor, arrodillado, mirándonos. Tras él, le apuntaron y lo ejecutaron. 
Mientras huíamos no podía parar de pensar en la cara de aquel soldado antes de morir. Él, había visto nuestra escena tras la trinchera. Había comprendido mi ideal y en el momento, él, se unió a ese ideal. Y era tal su honor y su fidelidad por ese ideal que conocía desde hace treinta segundos antes, que arriesgó y finalmente dio su vida por él. Ojalá, mediante el modelo de ese héroe anónimo se atrajera a los demás a parar una guerra sin sentido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario